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Bartolomé Aranda Aranda

Nació en Albanchez de Mágina, en mayo de 1934, hijo de Martín y Justa. Tuvo un hermano llamado Manuel. Fue a la escuela con don Ramón y con don Francisco quienes le enseñaron a leer y a escribir a base de palmetazos en la mano con una regla. 

En aquel tiempo era todo muy malo, decían: “Pitos a perra gorda.” pero se pregunta Bartolomé, “¿quién tenía la perra gorda?”.

Entrevista Completa 

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Era un muchacho muy avispado, aprendió a leer muy pronto, cuenta que Rafaela, la telefonista del pueblo, le avisaba para llevar los telegramas que llegaban a doña María Arrans. Cuando llamaba a su puerta, los criados le hacían subir hasta el despacho en el que estaba ella y siempre le daba una buena propina. También iba a casa de Pedro Montesinos con los telegramas y a todas las casas con los avisos de conferencia que llegaban al pueblo de los familiares que vivían fuera. 

Su padre tenía una huerta en el paraje de los Casares y había una buena producción de higos, daba mucho trabajo, era su madre quien se encargaba de secar y preparar para su venta. Recuerda que le daban 14 duros por una arroba. Él también sacaba algún beneficio con aquel producto tan abundante en aquella época. “Con veinte duros te apañabas para muchas cosas”. En su familia no pasaron necesidades, siempre tenían para comer andrajos, gachas, migas. El pan escaseaba más a pesar de que en el pueblo había varios hornos: el de Salvador el Chapas, el de Melchor y el de Moreno que estaba en la Risca. Había hornos pero poco dinero para comprar.

“Nosotros teníamos 400 olivos y comíamos bien”, dice Bartolomé, “no pasamos necesidades”. De joven tiene muchos recuerdos, los viajes que hacía a Madrid con sus amigos, que se iban en la Viajera para ver el fútbol. Los buenos ratos que pasaban en los billares que tenía Juan Harinas en la plaza José Antonio. 

El servicio militar lo hizo en Madrid, de asistente de un capitán. Se casó con una prima suya que vivía en Pamplona, él iba allí con frecuencia porque eran familia y siempre le trataban muy bien. Una vez de las que ella vino al pueblo se enamoró muy pronto, le vio cuando él regresaba de trabajar en el campo. Ahora con 91 años, Bartolomé no recuerda la fecha de la boda con María, ni el tiempo que lleva viudo. 

Vive al lado de la Torre del Reloj, oyendo las campanadas que le recuerdan el paso del tiempo, al lado de la ventana, le cuesta mucho trabajo andar y sale muy poco a la calle. El único hermano que tuvo ya falleció, pero tiene sobrinos que le visitan con mucha frecuencia y una persona de ayuda a domicilio que también le da mucha compañía.
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