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Josefa Amezcua Catena

Josefa Amezcua Catena nació el 5 de septiembre de 1943 en Albanchez de Mágina, donde lleva viviendo 82 años. Vivió los primeros años de su infancia en la calle Campanas, junto a sus padres Eufrasia y Gabriel y dos hermanas más: Juana, que murió siendo niña y Paquita. 

Su apodo es la Habanera. Su tatarabuelo hizo la mili en Cuba, antigua colonia española, como tantos otros hombres, pero éste no volvió hasta pasados casi 10 años y cuando llamó a la puerta de la casa familiar nadie le conocía. En su familia, la única que adoptó el mote fue su abuela Josefa, pasando después a su madre, Eufrasia, hasta llegar a ella. 

Entrevista Completa

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En aquella época Josefa tenía muchas inquietudes, su familia le decía que era muy “novelera”, tenía necesidad de aprender, de conocer algo tan próximo como era la capital, Jaén. Nunca había viajado, sintió envidia cuando una amiga suya se fracturó un brazo, por lo que tuvo que ser trasladada al Hospital de la ciudad del Santo Reino, y volvió maravillada porque había estado en la Catedral y en un montón de sitios más.
  
Alternaba sus primeros años en la escuela de doña Carmen con la recogida de aceituna en la finca de doña María, porque su padre trabajaba allí y a veces la llevaba para que ganara algo de dinero, algo a lo que ella no daba demasiada importancia porque su interés iba más allá de eso. Su sueño era viajar para aprender, tenía una mente muy abierta y necesitaba dejarla volar. 

Y ese vuelo lo emprendió a los trece años cuando le ofrecieron irse a Jaén para cuidar a los hijos del alcalde, Alfonso Montiel Villar, en los meses de verano, tiempo que supo aprovechar para conocer bien la ciudad y otras zonas cercanas, como el Puente de la Sierra.
 
Otro verano estuvo en Baeza, también de cuidadora de niños y tuvo la posibilidad de viajar hasta Málaga, concretamente a Fuengirola. A estas ciudades le siguieron otras como Santander y Pamplona, siempre de cuidadora, ganando un pequeño jornal, pero lo más importante para ella era viajar. Esos fueron sus únicos viajes, ni siquiera cuando se casó fue de “viaje de novios”, tuvo que esperar a celebrar las Bodas de Oro para volver a conocer mundo. 

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En el transcurso de los inviernos, en el pueblo, aprendió el oficio de costurera con María la Tejera, con la que estuvo de oficiala y también le enseñó corte y confección, conocimientos que le han servido para poder coser vestidos a su hija y prepararse un buen ajuar. Y algo que le gustaba mucho a Josefa era leer, le daba igual lo que fuera, todo lo que caía en sus manos o rebuscaba en la cámara de su casa, lo devoraba.

En los años cuarenta el pueblo se llenó de chiquillos, había mucha gente en la calle, no como ahora que apenas hay vecinos. Cuenta que, en su infancia, en Albanchez de Mágina vivía tanta gente que faltaban casas para poder vivir. 


Recuerda con melancolía las historias que contaba su padre al volver de la guerra, después de estar tres años en el frente porque le pilló la contienda haciendo el servicio militar en Zaragoza. Historias tristes que han llegado hasta los oídos de sus nietos que le escuchaban embelesados.  

Eran tiempos difíciles en los que la escasez de alimentos era la tónica general. Josefa se conformaba con tomar para la merienda solo pan, no podía echar de menos ni el salchichón ni el chocolate porque en su casa eso no se conocía. Su madre le preparaba quesillos que ella misma elaboraba con la leche de las cabras que tenían en el corral.

En los veranos criaban un marranillo en la huerta y algún que otro animal que después le serviría de sustento. 

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A la pregunta de cómo conoció a su marido la respuesta es tajante: “Fue un flechazo total”. Se enamoró cuando volvió del viaje de Fuengirola, en Málaga, y paseando por la Fuente de La Seda con una amiga, vio a dos muchachos en lo alto de una higuera. Uno de ellos, le pareció un “artista”. Tenía entonces 16 años y hasta los 25 no contrajo matrimonio con Bartolomé. 

Su madre no quería que fuesen novios hasta que hiciese la mili. “Era difícil salir a pasear con mi novio, mi madre no me dejaba salir”. Cuenta Josefa que una vez tuvo que engañar a su madre para ir al cine diciéndole que iba a casa de una amiga. La regañina cuando volvieron del cine, sin llegar a ver el final de la película, fue monumental, porque su madre le advirtió seriamente que a las ocho tenía que estar en casa. 

Se casó el día 17 de noviembre de 1965 con Bartolomé y fruto de ese matrimonio nacieron: Paqui, Juan, Gabriel, Francisco José y Susana. Josefa mira hacia atrás recordando su vida, siempre se ha sentido bien porque ha sido feliz con lo que tenía y, sobre todo, con lo que aprendía. 
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